Autorretrato

Soy una disonancia,
de cabello negro y quebrado -a veces gris-
soy una figura lejana, una sombra, un adiós, un fantasma delgado,
blanco -como era de esperarse-
Soy un imperio de perdidas, un enramaje torcido del mundo,
un vagabundo.
Soy un cúmulo de naufragios,
una enfermedad cansada de ser tratada,
soy, como diría mi madre, un hombre lobo,
y quien sabe, quizás por mi complicada relación con la luna,
-o el bello facial-
Soy pues, un algo inacabado,
una nariz argenta que todavía coquetea con occidente,
una piel manchada de otros yo,
de otras manos que no son mías.
Soy lo que queda siempre al final de una función de cine,
ese vacío emocionante,
ese eco que te dice que algo bueno se ha acabado,
un aplauso, una historia desbordante,
un mal presagio en altamar.
Soy esa lluvia que no te deja salir de compras,
el amarillo en las hojas de invierno,
un amarillo triste,
ese que no se cae como en otoño, pero llora,
un amarillo que llora eternamente su declive.
Soy un relámpago, una luz que cae,
un destello que apenas y grita su nombre,
una imagen, una distorsión,
un descubrimiento a medias que no se aburre de su anonimato.
Soy una exploración,
un viaje a la parte más remota de cualquier cuadro,
soy un barco en el Renacimiento,
la puerta que siempre azota el viento en clase de Antropología.
Soy el vapor de las alcantarillas,
la prisa matinal de los asalariados,
soy un andar poco elegante, medio brusco,
como a rastras.
Soy un ímpetu que ningún noble habría de halagar,
un gaucho insufrible,
un héroe corrompido por el clamoroso tedio,
sin melena, sin pies ligeros.
Soy una repetición, un ropaje,
un abrigo que ya no retiene calor alguno,
una prenda que se rompe a sí misma.
Soy este poema, esta mala traducción de mi oscuridad,
este rostro que no se parece a nadie,
este intento de salirme de la piel.

Me quisiste

Me quisiste

no digo que a ratos

tampoco a mares

Me quisiste a tu manera

a veces tan triste y afilada

No tengas duda que descaro el tuyo

me quisiste

aunque a un modo de silencio

a modo de tropiezo

Nos encontramos diría yo

en momento crucial

Que destino más torpe el emparejarnos

el ceñirnos a su palabra

justo en la orilla de nuestros extravíos

Me quisiste por supuesto

a modo de tragedia

no tuvimos más remedio que querernos

ahí en medio del mundo

no vimos otra cosa más que hacer

Andábamos sin nombre medios descalzos

con el alma y la vida hecha pedazos

de aquí para allá

con los ojos estrellados

Me quisiste claro está

sin trato alguno

como se quieren los que no tienen nada

ni a sí mismos

Me bastó con ver como en dos otoños

cesó tu llanto

como poco a poco tu pesado lastre

se fue difuminando en tu mirada

tu mirar sublime penetrante

como un martillo golpeando en el agua

Me quisiste en parte

desde los escombros

desde el único lugar

donde pudimos ser nosotros mismos

Me quisiste lo recuerdo bien

ya desde aquel camino

el que siempre tomaba

de tu casa al bus

de la noche a la ciudad

de la plazuela a tu mano

de las mismas farolas de siempre

a nuestro necio andar

Me quisiste desde luego

a buena hora

Nos hallamos quizás

en el único segundo de nuestras vidas

en el cual pudimos ver cada cual

con los ojos del otro

la misma realidad

Ven cuando quieras

Ven cuando quieras,

ya no hace falta enamorarnos otra vez,

encontrarnos,

burlarnos de lo mal que nos sale ser amantes.

Ya nos aprendimos demasiado,

ya nos llevamos en la mirada,

como un adagio inoportuno.

Ya me llevas, quizás,

en el brusco paso hacia tu hogar,

en tu gesto matinal inconfundible.

Aunque estemos lejos, amor,

ven cuando quieras,

ya no hace falta hablar de nosotros,

de lo muy mal que nos queda este mundo.

Ya te llevo, de igual modo,

en este triste andar,

que ya tanto conoces.

Ya no hace falta ser puntuales,

ni tampoco desvelar a nuestro sentimiento,

basta con llevarnos,

el uno al otro,

en cada paso por el mundo,

bajo la suela,

bajo el pecho.

Aunque estemos lejos, amor,

ven cuando quieras.

Luz

Estoy enganchado a tu forma de amar, no a ti, estoy empecinado en la forma en la que tus ojos se adueñan del mundo, de todo a su paso. Estoy anclado en esa otra orilla que eres -para el mundo, no para mí- un faro de infinito misterio, de luz cegadora.

Estoy harto de no tenerte, de ser tan inteligente como para dejarte ser libre y tan tonto al mismo tiempo como para no poderte amar a placer de esa manera. Vivo a expensas de los destellos de amor que no has dejado de lanzar a mis abismos, afortunadamente.

Estoy otra vez maldiciendo esta tinta que te dice, este papel que te trae de vuelta, esta memoria. Por eso nunca hay que jurar en sangre no volver a dedicar verso alguno, porque uno sólo es la paloma, el mensajero, el testigo accidentado de una fuerza natural, invicta.

Palabras

Los mejores años de su vida los logré revivir muchas veces a través de sus historias, de las fotos viejas y álbumes que retratan a una mujer imbatible, enérgica. Ni siquiera el sol lograba dibujar por completo la sombra de mi madre en el asfalto, en aquellos años su presencia, su sola presencia irradiaba energía, aún, cuando en el ocaso de sus fuerzas aquel padecer le ofrecía una tregua, se podía sentir su candor. Su mismo fuego nos moldeo a todos, como piezas de barro, a mi padre, a mi hermano y a mí, somos de ella, suyos. Su fe inquebrantable me hizo regresar muchas veces al patio de Dios, a preguntarme, a observar si seguían solamente hojas secas sobre el suelo o es que ya había un jardín imponente. Espero algún día aprender eso de ella, a sentir el mundo con el mismo color que lo sentía su espíritu.

Me da mucho miedo olvidar su voz, su risa. Siempre la risa de las personas que amo se convierte en un talismán para mí, la de mi madre fue dejando de aparecer todos los días, poco a poco, desvaneciéndose, eso representa una de las muchas tragedias de mi corta existencia.

Hoy es el primer cumpleaños sin ella y estas líneas son quizás mi intento de tenerla presente, de esbozar su poderosa silueta por encima de estas palabras. Aunque ya no pueda leerle a Rulfo a orillas de su regazo, ni hablarle de las peripecias de este mundo cruel que su enfermedad le negó, me siento con la necesidad de erigir su imagen en el papel, en el tiempo.

Mi madre amaba las orquídeas, quizás por su rareza, por sus colores, yo cuido a aquellas que han quedado huérfanas en su jardín, atesoro sus huellas, su memoria, sus pasiones. Yo soy, una pequeña y muy minúscula parte de su ser, una expresión reflexiva de su paso por el mundo, por este otro estadio del proceso cósmico.

A pesar de la tristeza profunda que su calvario me grabó en el alma, atesoro aquellos momentos cómo a la vida misma. Hoy esa acuarela que logré persuadirle de pintar, en uno de tantos días grises, con sus brazos ya sin fuerza y su mirada extraviada en la única ventana que veía hacía el mundo, me habla con nostalgia, me habla de un mundo que sin duda no es éste, lleno de colores y añoranzas, de vida.

Me cuesta tanto aceptar la muerte, no entenderla, aceptarla como destino, ineludible. Algo también me abandono a la par de mí madre aquel día, algo recorrió mi cuerpo y salió despavorido junto al espanto, algo se fue, no sé bien que.

Lluvia

La furia de la lluvia logra callar todo el bullicio del mundo, su incesante golpeteo no ofrece tregua alguna, ni al armonioso canto de las aves, ni al artificial murmullo del humano. Parece que su ira siempre nos supera, siempre nos silencia, nos lleva en el caudal que se forma con su extrovertida fuerza.
A mí se me aparece en la lluvia, a otros en el viento; la certeza profunda y única de nuestro destino, la muerte. La naturaleza afirma nuestra fugacidad, nuestra irreparable irrelevancia.

June of June

¿Cómo he apresado tantos días y tantas noches esta tristeza profunda?
Me pregunto, les pregunto
¿Cómo es que he cargado todo este tiempo con todas las penas del mundo? En esta espalda llena de llagas y espinas
¿Cómo es que a tan pocos años de vida me duela tanto el alma?
“Preferiría no haber nacido” escribí en algún lugar, si hubiese sabido lo que representa estar vivo, lo que duele.
Me duele la finitud de mi sangre, mis largos brazos, la impotencia de la carne. Al final sólo eso, carne.
¿Cómo es que sigo aquí a pesar de tantos lamentos?
¿Qué será de mí cuando aquel árbol artífice de mis entrañas se venga abajo?
¿Será su fruto otro error irreparable, o tal vez, la cima más alta de un divino deseo?
¿Será está oscuridad lo único que me acompañe?

Me dolió tanto verte llorar

Me dolió tanto verte llorar,
como si yo fuera tus lágrimas y me dejaras caer desde las alturas,
como si me arrojaras al vacío desde tus ojos,
a un abismo.
Un salto descomunal,
suicida, como un trampolín hacia la nada.
Sentí como chocaba contra el suelo,
como me llorabas, literal,
sentí como mi cuerpo lentamente encarnaba tu tristeza,
y me derramabas,
como me rosaban tus parpados y me estremecía con la humedad del viento.
Sentí morir vertiginosamente,
tus pestañas sólo alargaron un adiós,
un adiós inevitable, sólo prolongaron aquel largo declive.
Me dolió tanto verte llorar,
como un descenso, sentí caer,
me volviste lluvia, un aguacero de agosto,
me convertiste en un navegante más de tus mejillas,
me hundiste en sollozos, acompañado de sal y angustia.
Me dolió tanto verte llorar,
tanto, que después de preso en tu lagrimal,
no supe que hacer con aquella repentina libertad, y me sequé en tu piel,
en el asfalto, me llevaste a la palma de tu mano, a un pañuelo.
Me dejaste caer así nada más,
como si fuera natural el llorar, el desprenderse de un suspiro,
el desprenderse de un pedazo de corazón.
Me lanzaste en picada hacia el mar de tu llanto,
me desterraste de la única patria a la que he pertenecido,
a la de tus ojos.

Destino

Al parecer con el paso de los años me he vuelto más solitario, o quien sabe, también me he preguntado si es que siempre he sido así y mas bien mi conciencia sobre dicha cuestión es la novedad. He llegado a analizar por la actualidad de mis reflexiones, que quizás también en algún punto se llegue a modificar mi relación con lo sagrado, ya saben, que mi ateísmo de closed se termine convirtiendo en una fe inquebrantable -obviamente todos sabemos que eso no funciona así- en fin, el hecho de ir atestiguando un poco más de cerca el paso del tiempo por encima de este cuerpo, por encima de esta mente que les habla ahora mismo, me hace creer que todo ese discurso de lo espiritual me espera con un cigarrillo a la vuelta de la esquina.

Desde hace algunos años -porque vaya que ha pasado el tiempo- también he logrado descubrir mi interés por la memoria en todo lo que escribo, la presencia de la nostalgia por aquel que ya no soy, por el niño que me observa desconfiado a través de las fotografías.

Hoy leía justamente una entrada de un joven escritor, que al igual que yo y otros muchos, es habitante de esta bella plataforma. El titulo de su texto es “El niño que nos observa desde dentro”, desde luego bastante ad hoc con lo que viene rondando los senderos de mi mente, su inspiración ha sido fruto afortunado/desafortunado de la pandemia global y el aislamiento social al que la gente se ha visto obligada a llevar a cabo -y es que digo la gente porque yo así vivo desde que tengo memoria- bueno, he aquí un párrafo que me ha hecho adentrarme más en aquella idea mía:

El confinamiento nos obliga a mirarnos en el espejo cada día que pasa. El miedo a la nada nos coloca ante la aspiración de encontrar un sentido a aquello que parece que no lo tiene. Compartimos en las redes sociales fotos de nuestra niñez, como tratando de volver a nuestros orígenes, queriendo trazar a partir de ellos el sentido oculto de nuestra propia historia, el hilo de Ariadna que permita contar nuestros pasos a lo largo de los años.

https://andreshuergop.wordpress.com/

A excepción de lo de compartir fotos de nuestra niñez en redes sociales, sin duda es lo que vengo haciendo todos los días de mi vida desde hace unos cuantos años, al principio lo confundí con depresión desde luego, tal concatenación y comprensión de esta clase de cosas, al menos a mí, siempre me han costado mucho digerirlas.

¿Que me dice mi yo de ocho años de la foto en flotadores, calzoncillos y una sonrisa brillante? ¿A donde sonríe? ¿A quien? ¿Que le digo yo? Que experiencia más extraña es el tiempo, que experiencia más extraña no reconocerme en mi mismo, en esa imagen lejana que soy, en una foto, en el espejo, en el agua, en los otros.

Por cierto, por si fuera poca casualidad encontrar una reflexión y un vinculo con mis ideas de parafernalia en aquel texto que he citado, he leído también que su autor es un spinoziano confeso, él mismo se autodenomina como tal y tiene en la descripción de su perfil unas líneas que harían suspirar a cualquier racionalista.

Sin duda hablo de Baruch por aquella cuestión de la libertad, ya saben, de que sólo ser consciente de sí otorga la verdadera libertad, de que todo esto ya tiene un camino trazado, un destino, un par de hilos que no podemos cortar, aquello que ha sido erigido por Dios -el Dios de Spinoza desde luego- y que choca de frente con este depósito de poesías baratas, flashbacks, etimologías innecesarias y narrativa gráfica japonesa que viene a ser mi mente.

Siempre me ha atemorizado eso del destino, tanto que exista y tanto que no, en fin, prefiero seguir mejor a Lorca en ese carril:

“y al que le duele su dolor le dolerá sin descanso

y al que teme la muerte la llevará sobre sus hombros”.

El gato y el tecolote

La forma en la que mi madre me relata sus memorias siempre me ha parecido algo maravilloso, o quizás simplemente a mí me lo parece, no lo sé. Encuentro en su palabra la certeza de sus creencias, en la forma en la que mueve sus manos para dibujar aquellos mundos, la génesis más profunda de cualquier lenguaje.
Mi madre siempre ha poseído una fe inquebrantable y una vida acompañada por la religión, fruto de esto es una arraigada superstición que yace en su visión del mundo, cosa que tiñe de magia y profundidad sus relatos.
Hoy mismo me describía con nostalgia lejana la impresión que la invadía cada que visitaba a su abuela en su pueblo natal, cuyo primer vistazo daba un aire de ruinas olmecas decía. Las gigantescas piedras de basalto echaban a andar la imaginación de mi madre y servían también como montañas que escalar.
Un pequeño ojo de agua -dónde según su relato- en el fondo yacía una campana de oro perteneciente a alguna iglesia sumergida, y cuya forma de hacerse con ésta era echando a un bebé al agua -así es, un bebé- el cual sacaría mágicamente la dichosa campana de las profundidades. Sin duda ciertos relatos y tradiciones orales no dejan de sorprenderme todavía.
Mi imaginación siempre me ha ayudado quizás a trasladarme a aquellos lugares, o bueno, en realidad poseo unos cuantos flashbacks de mi infancia, de cuándo yo también visite aquel pintoresco pueblo -ya bastantes borrosos por cierto-
A la par de esa entrañable leyenda me contaba también, que muy cerca de su abuela y familiares hubo una bruja con la que su relación no fue muy buena, una anciana que -dice mi madre- solía fruncir el ceño al ver a quien cruzará en su camino.
Está mujer tenía hijos y éstos no fruncían el ceño, ellos jugaban con el resto de chamacos -como sí nada- motivo por el cual más de una vez llegaron a visitar el interior de la casa de esta señora.
En una de esas -dice mi santa madre- cerca del fogón que utilizaban para calentar agua, había unos ojos, habían dejado unos ojos. Según supo después, eran de la madre de su amiga -la hija- que le contó ya tranquilamente, que ahí los ponía su mamá cuando se iba a hacer el gato y el tecolote.
Yo me quedé fascinado con el nombre, no sabía a qué hacía referencia en lo absoluto, pero sólo el nombre ya tenía mi visto bueno.
Obviamente le pregunté y me dijo que en realidad nunca supo con exactitud aquella cuestión, pero que lo que si sabía era que según esta bruja y sus amigas -porque eran varias- se reunían a hacer aquelarres y en algún punto de su reunión se desplazaban a otros lugares, pero ya no con forma humana. Según esto, el hacer el gato y el tecolote consistía en tomar la forma de alguno de estos animales, junto con sus sentidos, su espíritu, su todo, algo así cómo las historias mesoamericanas que cuentan sobre los nahuales. Me imagino que en medio de semejante faena y metamorfosis es normal que te sobren o que te estorben un par de globos oculares.
La forma en la que lo cuenta mi madre le imprime esa retórica que no yace en la palabra, sino aquella que salta de la mirada penetrante de una creencia -esa que hace que uno que no cree ni en su sombra, se ponga a dudar-